Cuantas
oportunidades se esfuman de nuestras manos por esos temores que asoman la
cabeza en el momento de las decisiones. Y no es que queramos o busquemos ser
temerosos, de hecho, creo que a nadie le gusta que lo tilden de miedoso, sin
embargo, si hacemos memoria tal vez podamos encontrar en nuestro pasado
momentos en que perdimos batallas a veces antes de haber saltado a la cancha,
sea por pesimismo, desconfianza, dudas, falta de fe, “exceso de realismo” o como lo
queramos llamar. En el fondo, temor a secas. Una vez
escuchando una enseñanza sobre este tema, capté una frase que respondió a mis
inquietudes: “no se trata de no hacer las cosas porque se dice que se tiene
miedo; se trata de hacerlas igual con todo y miedo, es la única manera de
realmente desarrollar la virtud contraria”. Y es muy cierto porque una de los
efectos directos del miedo es que nos paraliza, es lo primero que uno
experimenta (segundos antes de salir corriendo en dirección contraria). Y en
ese momento de para, por un segundo percibimos ese frío aterrador intuyendo que
sucederá algo que no deseamos, o tal vez experimentamos el sinsabor de la duda,
o el pesar por arrepentirnos de algo que íbamos a hacer y que ya no haremos.
¿Cuesta tanto creer en nosotros mismos? ¿Vale la pena arriesgar por hacer aquello
en lo que uno CREE?
